24 de agosto de 2007

Por Galarce

El fuerte portazo me espabiló el sueño que se había prolongado dos horas después de las doce del mediodía. Me desperté con una furibunda mirada al techo: los ojos pegados por las legañas aumentaban aun más la exasperacion que me provocaba aquella situación de descanzo frustrado.

Era el único habitante; casi siempre soy el único individuo de aquella casa pareada. Me pasa todas las veces; los fines de semana cuando mi madre y mi hermana acuden al templillo de viejas cagüineras y "libres de pecado". No quería mover miembro alguno. Estaba en mi lecho como pegado por alguna fuerza exógena; coerción de puro pretexto.

Estiré mi pierna floja, desde la rodilla hasta la punta del pie, hacia el interuptor de la luz que se encontraba cercano a la puerta; el otro día lo apreté tan fuerte que se undió y mi padre tuvo que poner otro en reemplazo: el que presionaba ahora tenía toques de esclusividad. Se prendió la luz. Aún no entiendo porque lo hice si anteriormente, al abrir mis ojos, vislumbré los rayos del sol que se escabullían por los recovecos entreabiertos de las cortinas. Presioné y retornó la sombra grisácea.

Me decidí a levantar el torso lentamente. Observé mi entorno. Desvestí parte de la ventana para admirar la poco hermoseada calle que servía de escenario improvisado para mi vecina, quien tenia el ojo morado luego de la golpiza propinada por su esposo la noche pasada: los gritos volaban por todo el barrio. A las diez en punto comienza el show, todos los viernes. Y yo tratando de dormir.

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